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Diez maneras de estrangular a la ciencia
Jueves 3 de septiembre de 2009.

 

Entre todos la mataron y ella sola se murió.

Dicho popular

Tras las huellas del estrangulador

Cada vez menos jóvenes estudian ciencias. Hoy nuestros estudiantes se inclinan más por carreras de humanidades. Este es el fenómeno en el que el científico y periodista Carlos Elías hunde su bisturí en su último libro La razón estrangulada (Editorial Debate, 2008). Sobre la brillante trayectoria personal de este joven profesor de la Universidad Carlos III no voy a explayarme, pues basta introducir su nombre en cualquier buscador de la red para comprobar un amplísimo recorrido profesional que avala su autoridad en el tema. Yo he venido a hablar de su libro. Y su libro, cuya lectura podemos encarar como si de una novela detectivesca se tratase, viene para plantear una inquietante cuestión:¿Quién o qué está estrangulando a la razón?

Conocer la dimensión y anticipar las consecuencias de la mencionada crisis de vocación supone una preocupación creciente en diversos ámbitos. Desde autoridades académicas hasta los gabinetes políticos responsables de orientar nuestros programas de estudios e investigación, pasando por los propios científicos y profesores que se ven obligados a trabajar con una menguante cantera de jóvenes investigadores, son muchos los colectivos que experimentan esta crisis.

Encuestas oficiales, Eurobarómetros y datos de matrícula hablan con bastante claridad: a pesar de que la divulgación científica goza de un periodo de auge, esta no logra paliar la caída de interés por la ciencia entre los jóvenes de los países desarrollados. Los datos recogidos en países como EEUU, Europa, Japón o Corea del Sur arrojan un resultado incontestable: mientras que disciplinas con miles de años de historia como Física, Química o Matemáticas ven sus aulas vaciarse progresivamente, otras de nuevo cuño como Publicidad, Comunicación Audiovisual o Turismo atraen cada vez a más estudiantes. Incluso, como señala el profesor Elías, en algunos países “occidentalizados”, como Corea del Sur, se han adoptado medidas tan curiosas como eximir a los estudiantes de Física o Matemáticas del servicio militar obligatorio, sin haber conseguido hasta el momento poner freno a esta tendencia.

Crónica de una muerte (poco) anunciada

El alcance de las consecuencias de esta deserción masiva es de difícil previsión. Si, como propone el autor, cruzamos estos datos con el incremento de la matrícula en las llamadas ciencias “puras” que presentan países económicamente emergentes como China e India, tenemos un movimiento del centro de gravedad en el mundo de la investigación primaria, que podría en última instancia significar un cambio de liderazgo mundial en la capacidad para producir conocimiento en ciertas disciplinas.

Este desplazamiento de hegemonía global podría llegar a afectar a otras áreas si tenemos en cuenta, como señala Carlos Elías, que lo que ha permitido al mundo anglosajón destacar en el terreno de la cultura e imponer su idioma a nivel mundial ha sido precisamente el hecho de experimentar un fuerte desarrollo científico a partir de haber fundado las primeras instituciones investigadoras, como la Royal Society, y algunas de las primeras revistas científicas como Science y Nature, hoy reconvertidas en tramo intermedio entre el público general y la publicación especializada. Sin este histórico auge de la actividad científica, el poderío industrial y militar de Reino Unido (y seguidamente de Estados Unidos) nunca hubiera sido posible. No es casual, por ejemplo, que el periodista autor del libro que estoy reseñando realizase la investigación que en él expone en el seno de la London School of Economics (LSE), centro neurálgico de las ciencias sociales británicas con más de un siglo de actividad y catorce premios Nobel surgidos de sus pupitres hasta la fecha.

Las causas de la asfixia

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué las sociedades occidentales pierden interés en la razón científica? Tras constatar la dimensión del fenómeno, Carlos apunta una combinación de factores que pueden estar minando la imagen pública de la Ciencia.

Uno de los mayores aciertos, en mi opinión, de la investigación realizada por este joven profesor universitario, es el de haber trabajado con el grupo de investigación Ciencia, Tecnología y Esfera Pública del Departamento de Psicología Social de la LSE, lo que ha incrementado la potencia de su enfoque de varias maneras. En primer lugar porque esto le ha permitido huir de programas de investigación social simplistas a la moda, que toman su corpus exclusivamente de la prensa escrita, a pesar de que esta juegue un papel secundario, si no marginal, en la configuración del ideario colectivo y en especial del de los jóvenes. Esta investigación afronta el análisis del discurso incluyendo los procesos de recepción de cine y televisión, mucho más trabajoso pero mucho más necesario por la mayor potencia de estos medios como constructores de opinión pública. En segundo lugar, porque ha tenido así la oportunidad de realizar una investigación interdisciplinar, evitando caer en reduccionismos que culpen exclusivamente a tal o cual medio de comunicación, o que achaquen el mal únicamente a las variables evaluables desde una perspectiva sesgada, como hacen quienes acusan exclusivamente a las condiciones económicas en que se realiza la investigación científica o a los riesgos globales “causados” por la ciencia.

La representación de lo científico en nuestra cultura

De todas las áreas exploradas por el libro, aquella que desde el capítulo cuarto considera el papel de “cine y televisión en el derrumbe de lo científico” ha sido la que más ha marcado mi lectura personal. Es ya un lugar común afirmar que tal o cual alteración en el interés de la ciudadanía por cierto tema depende de los media, pero pocas obras divulgativas he visto desgranar con tal detalle y exhaustividad los mecanismos y prácticas concretas que producen este resultado.

El auge de la magia en la ficción audiovisual, con la ola generada por Expediente X y hoy surfeada por los productores de Harry Potter, es una de las líneas interpretativas desarrolladas en este ensayo. El caso de Potter es paradigmático, señala Carlos, pues nunca antes se había representado la magia como una doctrina estructurada, enseñada mediante planes de estudio formales, en instituciones escolares oficiales. En el mismo sentido, Expediente X y muchos productos similares, escenifican una irreal competición entre explicaciones científicas y oscurantistas, prevaleciendo siempre estas sobre aquellas por motivos de captación de audiencias: el misterio vende. Carlos relaciona el auge de los programas esotéricos con la decadencia del interés por la ciencia, coincidiendo con la aparición de las televisiones privadas (cuyo número se incrementa en un 89% en el año 90).

Es indudable que el arquetipo de científico recogido en estos y otros relatos de ficción sigue siendo el freak, loco peligroso con déficit de habilidades sociales cuya vida es poco apetente, mientras que los míticos personajes de relatos esotéricos como Potter, Embrujada o Mulder y Scully (X-Files) son atractivos y simpáticos, permitiendo que el público los desee o empatice con ellos. No son casos aislados, es un patrón mil veces repetido que el libro analiza con abundancia de ejemplos. Algunos son tan sutiles como el que compara la casa de Ally McBeal, divertida abogada que mora en un loft exquisitamente decorado de Nueva York, con la del Doctor House, tan inteligente como excéntrico, que es un auténtico desastre, digna de su traumatizado propietario. Desde la novela de Frankestein hasta las últimas series españolas, pasando por innumerables ‘hits’ como Parque Jurásico, nuestra representación colectiva disponible del científico es la de un creador de desastres cuya curiosidad a menudo termina sembrando el miedo.

Diez maneras de estrangular a la ciencia

La razón estrangulada, a lo largo de sus doce capítulos, recoge al menos una decena de enfoques disciplinares diferentes. Entre ellos se cuentan el análisis del discurso mediático audiovisual, la perspectiva económica, el estudio de relaciones laborales y el de los cambios sociopolíticos sufridos por la institución universitaria. Hasta aquí, nada que no debiéramos esperar, pero la obra, referencia necesaria para divulgadores, también rastrea otras áreas como la influencia de la filosofía de la ciencia, el impacto de la divulgación científica o las representaciones artísticas del universo científico, dando cabida incluso a estudios socioculturales que analizan la racionalidad científica frente a la literaria, o descubriéndonos a los profanos las contradicciones y corruptelas que se dan en las altas esferas que rigen la publicación científica y el peso que la actual organización de los índices, rankings, publicaciones, encuentros y elementos de la institución científica puede tener en esta crisis.

No faltarán quienes critiquen cierta superficialidad en alguna de estas múltiples facetas que combina el estudio. No hace falta señalar que si la obra se hubiera centrado en una perspectiva, hubiera podido profundizar en ella con más holgura. Personalmente, opino que Carlos hubiera hecho mal en exponer con detalle el complejo aparato teórico movilizado en sus investigaciones y revisiones bibliográficas, o dar rigurosa cuenta de todos los resultados obtenidos en la que se recibe como obra de divulgación, cuya misión es fomentar un debate urgente, para lo que necesita llegar más allá de los círculos académicos. Es necesario, además, recalcar la enorme dificultad, y a su vez la imperiosa necesidad, de abarcar tantas perspectivas como sea posible a la hora de alumbrar los detalles de un fenómeno social tan complejo como la crisis de la vocación científica, esfuerzo sin duda digno de elogio y que en este caso ofrece un resultado que dejará plenamente satisfecho al lector interesado en la situación de la ciencia hoy día, espoleará los debates que podrían revertir esta situación y servirá de valiosísima brújula en cuanto a estilo y tratamiento literario para el profesional novel en la divulgación científica, como es mi caso.

Miguel Álvarez Peralta \\ DivulgaUNED.es



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